Jueves, 02 de Julio de 2026 | 19:08
POLITICA 02.07.2026

La crisis no es de la democracia, sino de las respuestas

Valentin Giachello Por Valentin Giachello
Estudiante avanzado en Ciencia Política y Coordinador General del Grupo Joven de Fundación Libertad

Cuando los problemas se vuelven permanentes, los procedimientos dejan de ser el único criterio de legitimidad.



El verdadero problema

Si mañana aparece un dirigente capaz de resolver el problema de la inseguridad, estabilizar la economía y devolver cierta previsibilidad al futuro, ¿cuántos ciudadanos estarían dispuestos a cuestionar los métodos que utiliza para hacerlo?

La pregunta puede parecer incómoda, pero ayuda a entender uno de los fenómenos políticos más importantes de nuestro tiempo. En distintas partes del mundo crecen liderazgos que tensionan los límites de la democracia liberal, cuestionan instituciones tradicionales o concentran cada vez más poder. Sin embargo, el verdadero interrogante no es por qué existen estos dirigentes, sino por qué millones de personas los eligen.

En los últimos años se intentó explicar este fenómeno desde las ideologías. Algunos hablan del avance de nuevas derechas, otros del agotamiento de los consensos progresistas y otros directamente de una crisis de la democracia. Pero quizás el problema sea más sencillo y, al mismo tiempo, más profundo: las democracias liberales continúan ofreciendo libertades civiles, elecciones competitivas, estabilidad institucional y división de poderes, pero muchas veces no logran resolver las demandas concretas que afectan la vida cotidiana de las personas, y cuando los problemas se acumulan durante décadas, las prioridades cambian. La discusión deja de girar alrededor de procedimientos y comienza a girar alrededor de resultados.

 

Tres respuestas distintas a una misma demanda

Fenómenos tan distintos como Javier Milei en Argentina, Nayib Bukele en El Salvador o el ascenso de discursos centrados en la asequibilidad económica en ciudades como Nueva York comparten un mismo trasfondo. No son respuestas ideológicas idénticas, son respuestas a demandas insatisfechas.

Milei llegó al poder en un contexto de inflación crónica, deterioro económico y creciente frustración con la dirigencia política. Su propuesta libertaria representó una ruptura con el consenso político de las últimas décadas, lo que movilizó a gran parte de sus votantes no fue únicamente la adhesión al liberalismo económico, sino la expectativa de resolver un problema concreto: una economía que parecía haber dejado de funcionar. A eso se sumó una narrativa que identificó a la "casta política" como responsable de los problemas del país, construyendo la idea de que quienes gobernaban habían dejado de representar a la sociedad para convertirse en una élite preocupada por sus propios intereses.

Por otro lado, Bukele emergió en circunstancias completamente distintas. El Salvador convivió durante décadas con niveles extremos de violencia e inseguridad. Su promesa fue simple y contundente: recuperar las calles y derrotar a las pandillas. El éxito de esa narrativa no se explica solamente por su capacidad comunicacional, sino porque ofreció una solución donde el sistema político había ofrecido frustraciones. Para una parte importante de la sociedad salvadoreña, los métodos utilizados pasaron a un segundo plano frente a los resultados obtenidos. Allí aparece una de las tensiones centrales de nuestro tiempo: cuando la ciudadanía percibe que un problema histórico finalmente encuentra una respuesta, los procedimientos dejan de ser el único criterio de evaluación política. No es casual que, pese a las críticas de organismos de derechos humanos, juristas y sectores de la oposición por el debilitamiento de controles institucionales y el uso prolongado del estado de excepción, Bukele mantenga niveles extraordinariamente altos de popularidad.

El caso de Zohran Mamdani resulta particularmente interesante porque introduce una lógica diferente. Su concepto de "affordable" —vivienda, transporte, salud y costo de vida— desplaza la discusión desde las identidades partidarias tradicionales hacia una pregunta mucho más concreta: ¿puede una persona común permitirse vivir en la ciudad donde trabaja? El concepto funciona porque conecta directamente con una ansiedad material compartida por amplios sectores de la sociedad. No se trata de una discusión abstracta sobre izquierda o derecha, sino de la posibilidad real de construir un proyecto de vida. Allí radica parte de su fuerza política: transformar una preocupación cotidiana en una identidad electoral.

Lo que une a estos casos no es la ideología. Milei proviene del liberalismo libertario, Bukele construyó un liderazgo personalista difícil de encasillar y Mamdani se ubica dentro de la izquierda progresista. Lo interesante no es lo que los diferencia, sino la condición que hizo posible su aparición. Las ideologías siguen existiendo, pero dejan de ordenar por completo el comportamiento electoral cuando la ciudadanía percibe que ciertos problemas básicos se vuelven permanentes.

 

De la democracia de partidos a la democracia de audiencias

Para entender por qué estos fenómenos son cada vez más frecuentes hay que observar una transformación más profunda. Bernard Manin advirtió hace décadas que las democracias occidentales estaban atravesando un proceso de transición desde una democracia de partidos hacia una democracia de audiencias.

Durante gran parte del siglo XX, la representación política estaba organizada alrededor de estructuras partidarias sólidas. Los ciudadanos tendían a identificarse con partidos, tradiciones ideológicas y organizaciones permanentes. La política funcionaba a través de intermediarios: partidos, sindicatos, medios de comunicación y organizaciones sociales que articulaban las demandas de la ciudadanía. Hoy ese esquema perdió centralidad, los partidos continúan existiendo, pero ya no monopolizan la representación. La relación entre ciudadanos y dirigentes es cada vez más directa y personalizada y los líderes construyen legitimidad a través de su imagen, su capacidad comunicacional y su vínculo con la audiencia.

Las plataformas digitales aceleraron este proceso hasta niveles que Manin difícilmente podría haber imaginado. En un ecosistema saturado de información, la atención se convirtió en el recurso más escaso de la política. Ya no alcanza con tener una propuesta; es necesario captar atención suficiente para que esa propuesta logre existir en la conversación pública.

Las audiencias ya no son masivas y homogéneas. Son fragmentadas, segmentadas y organizadas por algoritmos. La comunicación política se volvió permanente e hiperpersonalizada. En este contexto, la capacidad de construir un vínculo emocional con los ciudadanos puede resultar tan importante como la capacidad de gobernar.

La consecuencia de esta transformación es una política cada vez más personalizada. Los partidos ya no son los únicos capaces de organizar demandas sociales, construir identidades políticas o canalizar el descontento ciudadano. Los líderes pueden hacerlo de manera directa, apoyándose en plataformas digitales que les permiten comunicarse sin intermediarios y construir comunidades propias.

En este nuevo escenario, las demandas insatisfechas encuentran canales de expresión mucho más rápidos y eficaces que en el pasado. La inseguridad, el deterioro económico, la crisis habitacional o el aumento del costo de vida dejan de ser únicamente problemas sociales para convertirse rápidamente en banderas políticas capaces de movilizar millones de interacciones. La democracia de audiencias ayuda a comprender cómo esas demandas logran transformarse en poder político.

 

Democracias incapaces de responder

El riesgo para la democracia liberal no surge únicamente de dirigentes dispuestos a tensionar sus límites. Surge también cuando las instituciones dejan de producir respuestas satisfactorias para amplios sectores de la sociedad.

Durante mucho tiempo, las democracias occidentales construyeron su legitimidad sobre una combinación de libertades políticas, crecimiento económico y expectativas de progreso. Cuando esa ecuación comienza a deteriorarse, aparecen tensiones inevitables. La incertidumbre económica, la sensación de estancamiento y la pérdida de previsibilidad sobre el futuro erosionan la confianza en los mecanismos tradicionales de representación.

A esto se suma una creciente polarización política y cultural. Las discusiones públicas se vuelven más intensas, más emocionales y menos propensas al consenso. Como consecuencia, sectores cada vez más amplios del electorado terminan apoyando dirigentes más radicales que prometen soluciones contundentes, incluso cuando estas implican tensiones con algunos principios clásicos de la democracia liberal y republicana.

Quizás por eso el debate sobre las democracias iliberales suele comenzar por el lugar equivocado. El problema no parece ser únicamente la existencia de líderes que desafían ciertas normas institucionales, el problema es que esos líderes encuentran sociedades dispuestas a escucharlos.

Tal vez el siglo XXI no venga a terminar con la democracia que conocimos durante el siglo XX. Tal vez lo que está terminando es el conjunto de herramientas políticas, comunicacionales e institucionales con las que esa democracia logró sostenerse durante décadas.

La tecnología alteró la representación, la comunicación y la forma en que los ciudadanos construyen sus preferencias políticas. Las demandas sociales cambiaron y las expectativas también. Es posible que estemos atravesando una transición hacia nuevas formas de legitimidad política cuyos contornos todavía no terminamos de comprender.

La pregunta, entonces, no es si las democracias liberales sobrevivirán a los desafíos del siglo XXI. La pregunta es si serán capaces de volver a producir las respuestas que durante décadas les dieron legitimidad. Porque cuando los problemas se vuelven permanentes, los ciudadanos no abandonan necesariamente la democracia, empiezan a buscar alternativas.

 

 

 

 

Fuente: www.NetNews.com.ar

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