Martes, 07 de Abril de 2026 | 19:02
POLITICA 07.04.2026
Internacionales

El eco de un mundo roto: La agonía del árbitro global

Valentina Persegani Por Valentina Persegani
Fundación Libertad

En el sistema internacional contemporáneo, la parálisis no es una anomalía, sino el estado por defecto. Desde los escombros en Ucrania hasta la asfixia democrática en Venezuela, la pregunta ya no es qué está haciendo la Organización de las Naciones Unidas (ONU), sino por qué hemos aceptado su irrelevancia.

 

No nos enfrentamos simplemente a una falta de consenso diplomático sino que nos convertimos en espectadores del colapso de la legitimidad, ese pegamento invisible que evita que las Relaciones Internacionales retrocedan a la brutalidad del siglo XIX. 

Esta erosión de la autoridad no es un proceso espontáneo, sino el síntoma de una desconexión profunda entre las estructuras de 1945 y la realidad del siglo XXI. El multilateralismo, que una vez fue el faro de la estabilidad tras la Segunda Guerra Mundial, hoy se percibe cómo una maquinaria burocrática lenta incapaz de contener las ambiciones de las grandes potencias o de proteger a las poblaciones más vulnerables. 

La crisis de las Naciones Unidas radica en el agotamiento de su capacidad para ser percibida como una instancia justa. Cuando las resoluciones no se cumplen y las sanciones pierden su peso, el sistema deja de ser un árbitro para convertirse en un espectador, obligando a los Estados a buscar soluciones por su cuenta. Es así que el sistema internacional se desliza peligrosamente hacia un vacío de poder donde la diplomacia cede su lugar a la "autoayuda" estratégica. 

 

El derecho al veto: ¿Seguro de vida o acta de defunción? 

El Consejo de Seguridad, concebido en 1945 como el garante de la estabilidad, se ha transformado en una fosa común para las resoluciones humanitarias. El problema es estructural: la autoridad de una institución no emana de su edificio en Nueva York, sino de la creencia normativa de que sus reglas deben ser obedecidas. Sin embargo, esa convicción se erosiona cuando el proceso se percibe como incoherente, y sobre todo, ineficiente. Cuando el Consejo de Seguridad se paraliza, esa creencia se desvanece, los actores dejan de ver a la ONU como un árbitro y empiezan a verla como un obstáculo burocrático. 

Para que una norma ejerza una verdadera "fuerza de atracción" hacia el cumplimiento de la misma, debe nacer de un proceso justo y representativo. El anacronismo de un Consejo congelado en la posguerra le quita esa coherencia. De esta manera, cuando un miembro permanente utiliza el veto para defender sus propias transgresiones, la ONU pierde su capacidad de tracción y se convierte en un club de potencias que dictan sentencias que nadie está dispuesto a ejecutar. 

 

 

"Criticar la inacción de la ONU es necesario, pero ignorar las consecuencias de su desaparición es peligroso"

 

 

 

La brecha entre existir y liderar 

Hoy lo que se pone en tela de juicio es la legitimidad sociológica de la organización. Se abre un debate que se creía saldado luego de los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial: ¿El Mundo aún cree que la ONU debería seguir existiendo? Esta pregunta vuelve al centro de la discusión debido a que la legitimidad normativa de las Naciones Unidas, construida hace 80 años atrás, hoy se encuentra totalmente herida.

Distintos autores plantean que, una institución de gobernanza global solo justifica su existencia si es capaz de proteger derechos básicos y proveer seguridad. La ineficacia crónica frente a dictaduras o invasiones territoriales genera una desconexión total: el mundo reconoce que la ONU "existe", pero ha dejado de creer que tenga el "derecho a mandar". Es esta brecha en donde se construye el terreno fértil donde germina el caos. 

 

El retorno de la selva: El costo del silencio multilateral 

Criticar la inacción de la ONU es necesario, pero ignorar las consecuencias de su desaparición es peligroso. El vacío que deja una organización deslegitimada no se llena con paz, sino con unilateralismo. Estamos regresando a un orden basado en la "autoayuda", donde los Estados, ante la parálisis del árbitro, deciden hacer justicia por mano propia. 

Lo hemos visto con intervenciones unilaterales, invasiones que ignoran fronteras y potencias que asumen el rol de policías globales para remover dictadores o frenar amenazas ante la mirada impotente del Consejo de Seguridad. El riesgo es evidente: sin un marco multilateral legítimo, la política exterior se reduce a un cálculo de fuerza. Si la ONU no logra reformar su corazón institucional para recuperar su autoridad, el siglo XXI no será el siglo del derecho internacional, sino el del retorno al estado de naturaleza hobbesiano, donde la justicia es, simplemente, la voluntad del más fuerte. 

 

Hacia una refundación necesaria: ¿Reforma o desintegración? 

La historia de las organizaciones internacionales es, en última instancia, la capacidad de adaptarse o desaparecer. Hoy, las Naciones Unidas se encuentran en su momento “Sociedad de Naciones": un punto de inflexión donde la brecha entre las promesas de su Carta y la realidad de su accionar se ha vuelto insostenible. 

La crisis de legitimidad que atraviesa la organización no es un problema técnico que se resuelve con más burocracia o mejores discursos en la Asamblea General. Se requiere una reestructuración del poder donde el Consejo de Seguridad deje de ser un monumento a la victoria de 1945 para convertirse en un reflejo realista de la multipolaridad actual. Sin una fuerza de atracción que incluya a las voces del Sur Global y limite el uso arbitrario del veto, la ONU seguirá debilitándose hasta convertirse en un espectador melancólico de la historia actual. 

El dilema es simple. O aceptamos la refundación del multilateralismo para que la organización vuelva a ser un árbitro creíble, o nos resignamos a un orden de fragmentación, donde la diplomacia es reemplazada por la fuerza y el derecho internacional por el capricho de las potencias. El regreso a la "selva" ya ha comenzado; de la capacidad de los Estados para recuperar la legitimidad perdida dependerá si el siglo XXI será el escenario de una nueva arquitectura de paz o el testigo mudo de un desorden global sin retorno. 

 

 

 

 

 

 

 

Fuente: www.NetNews.com.ar

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