Viernes, 19 de Junio de 2026 | 22:04
POLITICA 19.06.2026
Relaciones Internacionales

La reunificación ya no existe. Al menos en el papel.

Lucio Rossi Por Lucio Rossi
Estudiante avanzado de Relaciones Internacionales

Hay gestos políticos que valen más que mil discursos, como por ejemplo, la presencia de Richard Nixon en la República Popular China en 1972, o la caída del muro de Berlín en 1989. Borrar una palabra de una Constitución es uno de ellos; y Corea del Norte acaba de hacer exactamente eso: en la última revisión de su carta magna, presentada en marzo y confirmada esta semana por el Ministerio de Unificación surcoreano, Pyongyang eliminó toda referencia a la reunificación de la península.

 

 La cláusula que durante décadas establecía como objetivo del Estado "lograr la unificación de la patria" simplemente desapareció. Es decir, no fue reemplazada ni reformulada, sino que fue borrada por completo. Y en política, como en literatura, lo que se omite dice tanto como lo que se escribe.

 

Para quienes estudiamos las relaciones internacionales, este tipo de movimiento no es un detalle burocrático ni un tecnicismo jurídico: es una declaración estratégica de primera magnitud. Las constituciones no son solo documentos legales, sino que son también manifiestos de intención. Lo que un Estado decide inscribir en su ley fundamental revela el proyecto político que quiere legitimar hacia adentro y señalizar hacia afuera. Y lo que Kim Jong Un eligió suprimir es inequívoco: Corea del Sur ya no es una hermana separada a reunir, sino un Estado extranjero y hostil con el que se comparte, a desgano, una frontera. El sueño de la nación coreana unida, que había sobrevivido décadas de retórica oficial como promesa perpetuamente diferida, acaba de recibir su certificado de defunción constitucional.

 

La nueva carta magna del Estado comunista norcoreano además de eliminar la reunificación, hace algo más revelador: define el territorio y sus fronteras con una cláusula que lo delimita al norte con China y Rusia, y al sur con "la República de Corea". Es decir, le otorga a Seúl existencia constitucional como Estado vecino, no como parte de una nación dividida que algún día volverá a ser una. Este reconocimiento implícito puede sonar moderado a oídos desprevenidos, pero en el marco de la política de Kim es todo lo contrario: es la formalización jurídica de la enemistad permanente. Ya no hay una Corea dividida esperando la reunificación, hay dos Estados, y uno de ellos es el enemigo.

 

El contexto, como siempre en política internacional, importa tanto como el hecho mismo. En marzo, el propio Kim calificó a Seúl como el "Estado más hostil" en un discurso de política general. Abril cerró como el mes con mayor cantidad de pruebas de misiles en más de dos años: cuatro lanzamientos en treinta días. Pyongyang profundiza mientras tanto su alianza con Moscú, enviando tropas y proyectiles de artillería al frente ucraniano a cambio de asistencia tecnológica, combustible diplomático y cobertura en el Consejo de Seguridad. El llamado "aislamiento norcoreano", tan frecuentemente descrito como el rasgo definitorio del régimen, es en realidad una elección deliberada: Kim ha anclado la supervivencia de su sistema en el eje autoritario ruso-chino, cerrando definitivamente la ventana del diálogo con Occidente y con su patio delantero.

Desde una perspectiva liberal en relaciones internacionales, la situación coreana ilustra con brutal claridad una tensión tan antigua como los Estados mismos: la de los regímenes que necesitan un enemigo externo para mantener la cohesión interna. Kim no puede permitirse la reunificación, ni siquiera como utopía constitucional diferida, porque la reunificación implicaría tarde o temprano la comparación entre dos modelos de organización política y social. Y esa comparación, como sabe cualquiera que haya visto una toma satelital de la península de noche, es devastadora para el Norte, y más gratificadora para el Sur. La oscuridad literal de Corea del Norte frente al brillo resplandeciente de Seúl es la metáfora más honesta de lo que separa a ambos países: no una historia común ni una lengua compartida, sino dos sistemas radicalmente distintos con resultados esperadamente distintos. Uno genera prosperidad, apertura, diversidad, grandes tecnologías y libertades individuales. El otro genera hambre, culto al líder, silencio, sumisión y obediencia bajo amenaza de campos de concentración que el régimen ni siquiera se molesta en negar del todo. A esta altura no hace falta aclarar a cuál Estado estoy describiendo en cada oración, queda a criterio de cada uno.

 

¿Qué queda entonces del sueño de la reunificación? En el Sur, el presidente Lee Jae Myung sigue ofreciendo conversaciones sin condiciones previas, invocando paz y destinos históricos compartidos. Es una postura comprensible desde lo simbólico y hasta admirable desde lo humano. Sin embargo, resulta cada vez más difícil de sostener frente a una realidad que el Norte está construyendo, bloque a bloque, en el texto de su propia Constitución. En otras palabras, cuando tu vecino borra tu nombre de su proyecto histórico y lo reemplaza con el rótulo de "enemigo más hostil", el diálogo sin condiciones previas no es generosidad ni apertura: es el fin de una era que el tiempo tendrá que demostrar si es virtud o error de cálculo.

 

La reforma constitucional tiene además una dimensión interna que merece atención. Por primera vez, Kim queda definido explícitamente como "jefe de Estado" y se ubica por encima de la Asamblea Popular Suprema en el orden institucional, eliminando la facultad nominal del parlamento para destituirlo. Se le otorga el control directo sobre las fuerzas nucleares, incluyendo la capacidad de delegar ese mando en las condiciones que él mismo defina. Asimismo, se eliminan las referencias a los logros de su abuelo Kim Il-sung, fundador del Estado, y de su padre Kim Jong-il: ya no hay dinastía visible, hay un líder. Solo uno. La iconografía familiar que durante décadas justificó el poder por herencia biológica va siendo reemplazada por una legitimidad que Kim busca construir en su propia figura, desvinculada del linaje y apoyada únicamente en el miedo, el arma nuclear y el control absoluto de la información.

 

Lo que está ocurriendo en Pyongyang es, en su esencia, la consolidación de un poder personal sin contrapesos ni historia que lo preceda, envuelto en el lenguaje técnico de la modernización constitucional. Cada reforma se presenta como institucionalización; cada provocación militar, como defensa soberana legítima. Es el manual del autoritarismo contemporáneo, ejecutado con la eficiencia fría de un régimen que lleva décadas perfeccionando el arte de sobrevivir pese a todo pronóstico. El mundo lo mira con una mezcla de desconcierto, prudencia y resignación.

 

La pregunta que permanece abierta, y que ningún analista puede responder con certeza hoy, es si esta formalización de la hostilidad es el punto de llegada de una evolución política o apenas una estación en un trayecto más peligroso. Las constituciones se pueden reescribir; las palabras borradas pueden volver a aparecer bajo otras formas. No obstante, las voluntades políticas que las redactan, cuando están tan concentradas en una sola persona y tan blindadas de cualquier control externo, son considerablemente más difíciles de revertir aún.

 

Por ahora, la reunificación de la península coreana no existe. Al menos en el papel. Y en política, a veces, el papel es lo único que importa.

 

Fuente: www.NetNews.com.ar

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