BRICS: entre la diversificación económica y la disputa por el orden internacional
Por Lucía Díaz CollLicenciada en Relaciones Internacionales. Asistente de Comunicación de la Fundación Friedrich Naumann para la Libertad en América del Sur. Profesora de Relaciones Internacionales de la Universidad de Belgrano
La última cumbre de los BRICS, celebrada en Nueva Delhi los días 12 y 13 de septiembre, volvió a mostrar una realidad difícil de ignorar. El grupo ya no puede ser leído únicamente como un foro de economías emergentes. Su expansión, la incorporación de nuevos miembros y socios y la ampliación de su agenda lo han convertido en una plataforma con peso económico, institucional y geopolítico creciente. La declaración final reafirmó la voluntad de profundizar la cooperación política, económica y financiera, y de promover una gobernanza internacional más representativa.
La pregunta no es si los BRICS reemplazarán pronto al orden internacional liderado por Occidente. La evidencia sugiere algo más complejo. El grupo creó mecanismos propios, ganó capacidad de negociación y amplió las alternativas disponibles para sus miembros, pero continúa inmerso en las instituciones y mercados existentes. Al mismo tiempo, para países como China y Rusia, ofrece algo adicional. Un espacio desde el cual promover una distribución distinta del poder global. Esa doble dimensión —económica y geopolítica— es precisamente la que obliga a prestarle especial atención.
La ampliación aumentó su relevancia, pero también su heterogeneidad. En una misma estructura conviven democracias y regímenes autoritarios, economías con niveles de desarrollo muy distintos y gobiernos con vínculos estratégicos divergentes. India y Brasil han tendido a considerar a los BRICS como un instrumento para ampliar la representación del Sur Global y aumentar su autonomía sin romper con las instituciones existentes. China y Rusia, en cambio, asignaron al grupo un papel más explícito en la construcción de un orden multipolar y en la reducción del predominio occidental. En Nueva Delhi, Xi Jinping volvió a definir al ascenso del Sur Global como un impulsor de la multipolaridad y presentó a los BRICS como una plataforma central de esa transformación.
Los BRICS pueden funcionar, al mismo tiempo, como foro de cooperación, mecanismo de presión reformista y plataforma de proyección estratégica. La evolución financiera del grupo lo demuestra. Tras la crisis de 2008, los entonces BRIC intensificaron su coordinación dentro del G20 y reclamaron una mayor representación de las economías emergentes en el Fondo Monetario Internacional. Cuando esas reformas avanzaron lentamente, desarrollaron instrumentos propios. El Nuevo Banco de Desarrollo y el Acuerdo de Reservas de Contingencia ampliaron las opciones de financiamiento y protección de sus miembros, pero no sustituyeron al Banco Mundial ni al FMI. Más que una ruptura, representaron una estrategia de diversificación y contrapeso.
Algo similar ocurre con la desdolarización. Los BRICS han promovido un mayor uso de monedas locales y mecanismos de pago transfronterizos, pero todavía no existe una moneda común capaz de competir con el dólar como activo de reserva global. Reducir dependencia en determinados intercambios no equivale a construir una arquitectura monetaria alternativa.
Ese límite también refleja la heterogeneidad interna. India puede buscar una menor exposición al dólar sin aceptar una estructura financiera dominada por el yuan. Brasil puede aspirar a una mayor autonomía internacional sin transformar esa búsqueda en una política de confrontación con Europa o Estados Unidos. Los miembros coinciden más fácilmente en ampliar su margen de acción que en definir un orden alternativo compartido.
Por eso, interpretar cada acercamiento a los BRICS como un alejamiento de Occidente es simplificarlo. Para muchos países del Sur Global, participar simultáneamente en distintos espacios es una estrategia racional de diversificación. Más mercados, fuentes de financiamiento y socios comerciales pueden reducir vulnerabilidades y ampliar márgenes de decisión.
Desde una perspectiva liberal, ese proceso puede ser positivo. La competencia entre instituciones puede generar incentivos para mejorar aquellas que durante décadas ocuparon posiciones dominantes. Sin embargo, más alternativas no significa que todas sean equivalentes ni que la dimensión política deba quedar fuera del análisis.
El comercio puede desarrollarse entre países con regímenes muy diferentes, y limitarlo exclusivamente a las democracias sería impracticable y económicamente costoso. Pero las instituciones importan. Las empresas invierten y comercian bajo marcos jurídicos concretos. La protección de la propiedad, el cumplimiento de los contratos, la transparencia, la estabilidad regulatoria y los límites a la arbitrariedad estatal inciden directamente sobre el riesgo económico.
Por eso conviene distinguir entre apertura y dependencia. No implica el mismo riesgo exportar bienes a un mercado, que concentrar infraestructura crítica, tecnología estratégica o cadenas esenciales de suministro en un único proveedor. Una política comercial abierta no exige indiferencia frente a estas diferencias; exige evaluarlas sin convertir la seguridad económica en una justificación automática para el proteccionismo.
La expansión de los BRICS también interpela a Europa y Estados Unidos. Parte de su atractivo reside en la percepción de numerosos países de que las instituciones creadas en el siglo XX ya no reflejan adecuadamente la distribución contemporánea del poder. La declaración de Nueva Delhi volvió a reclamar una gobernanza internacional más representativa y una mayor participación de las economías emergentes en la definición de sus reglas. Si Occidente pretende conservar influencia, no bastará con exigir alineamientos, deberá ofrecer crecimiento, acceso a mercados, inversión, financiamiento y reglas confiables.
Los BRICS, por lo tanto, no deberían evaluarse únicamente por cuánto avanzan en comercio, financiamiento o cooperación tecnológica. También deben ser observados como una plataforma estratégica cuya relevancia puede crecer a medida que se profundice la competencia por las reglas y la arquitectura del sistema internacional.
Ese aspecto adquirirá aún mayor importancia en 2027 cuando China asuma la presidencia del grupo, tal como confirmó la declaración de Nueva Delhi. Beijing presenta a los BRICS como una pieza central de la cooperación del Sur Global y de la construcción de un mundo multipolar; Xi Jinping volvió a expresarlo de manera explícita durante la cumbre. Rusia comparte, con sus propias prioridades, el interés por un orden menos concentrado en Occidente.
Por eso, la pregunta más relevante no es si los BRICS sustituirán al sistema actual, sino hasta qué punto podrán modificar sus reglas, sus equilibrios y las opciones estratégicas disponibles para otros países.
Fuente: www.NetNews.com.ar
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