Lunes, 05 de Octubre de 2026 | 19:38

Del corredor logístico al corredor de capacidades: dónde se juega el valor argentino

Beatriz Cáceres Por Beatriz Cáceres
Consultora en Comercio Internacional. Estrategias de Exportación para Empresas de Servicios. LinkedIn Top Voice

El Corredor Andes–Atlántico puede ampliar la capacidad argentina para exportar minerales y energía, pero su efecto transformador dependerá de algo menos visible que puertos, ductos o ferrocarriles: cuánto conocimiento, tecnología, ingeniería, servicios y empresas nacionales consiga incorporar el país a las nuevas cadenas estratégicas.

 

Durante décadas, buena parte de la discusión sobre la inserción internacional argentina se concentró en cuánto más podía exportar el país. Esa pregunta sigue siendo relevante, aunque hoy resulta insuficiente, porque la reorganización de las cadenas globales obliga a mirar también cuánto valor nacional queda incorporado en aquello que se vende al exterior.

 

Desde esa perspectiva, el lanzamiento del Corredor Andes–Atlántico entre Argentina y Estados Unidos debe leerse como algo más que un anuncio de infraestructura. La iniciativa busca conectar las regiones mineras del noroeste y Vaca Muerta con los puertos atlánticos y los mercados internacionales mediante transporte, energía, conectividad e infraestructura digital. El Build the Future Framework firmado con EXIM prevé movilizar financiamiento por hasta USD 7.000 millones hasta 2027 para proyectos elegibles; se trata de un marco potencial y no de recursos ya desembolsados.

 

El contexto internacional ayuda a explicar por qué estas iniciativas ganaron relevancia. Las cadenas globales ya no se organizan únicamente por costos y eficiencia, sino también por seguridad de abastecimiento, resiliencia y dependencia tecnológica. En minerales críticos, esa preocupación es evidente, China pasó de representar alrededor del 15% de la capacidad mundial de fundición de cobre en 2005 a cerca del 50% en 2025. El cuello de botella no siempre está donde se encuentra el mineral, sino donde se lo procesa y transforma.

 

Para Estados Unidos, diversificar proveedores puede reducir riesgos estratégicos; para Argentina, la cuestión es más exigente. Asegurar demanda, financiamiento e infraestructura puede aumentar las exportaciones, pero no determina quién fabricará los equipos, desarrollará el software, realizará la ingeniería sofisticada o conseguirá convertir proveedores locales en exportadores. Ambos objetivos pueden ser compatibles, aunque no son sinónimos.

La minería muestra con claridad esta diferencia. En 2025, las exportaciones mineras argentinas alcanzaron aproximadamente USD 6.073 millones, pero oro, litio y plata concentraron el 95,4% del total. En litio, Argentina ya realiza etapas de transformación química; sin embargo, la estrategia no tiene por qué consistir en reproducir toda la cadena hasta una batería terminada. La pregunta relevante es en qué eslabones el país puede construir ventajas competitivas sostenibles, porque procesar más dentro de la frontera no garantiza por sí solo mayor productividad ni mayor valor doméstico.

 

 

"Las cadenas globales ya no se organizan únicamente por costos y eficiencia, sino también por seguridad de abastecimiento, resiliencia y dependencia tecnológica"

 

 

 

El cobre ofrece una oportunidad distinta, precisamente porque gran parte de la nueva escala productiva todavía está por construirse. Grandes proyectos requieren energía, agua, automatización, mantenimiento, software, ingeniería, monitoreo ambiental y servicios profesionales; por eso, el potencial no reside únicamente en el mineral extraído, sino también en formar una red de proveedores capaz de vender luego esas soluciones en otros mercados.

 

La misma lógica puede aplicarse a Vaca Muerta. Construir ductos y capacidad de evacuación es indispensable, pero el valor agregado comienza donde termina la infraestructura básica: convertir gas en GNL, utilizarlo como insumo petroquímico o para fertilizantes y, sobre todo, desarrollar ingeniería, automatización, software y servicios especializados capaces de trascender al proyecto original. Una cuenca energética puede exportar hidrocarburos y convertirse, al mismo tiempo, en un laboratorio para empresas que luego exporten conocimiento.

 

Allí aparece uno de los activos argentinos menos visibles. Las exportaciones vinculadas con la Economía del Conocimiento alcanzaron aproximadamente USD 9.600 millones en 2025 y representaron más de la mitad de las exportaciones de servicios. Software, inteligencia artificial, geología, analítica, ciberseguridad, IoT, servicios ambientales, ingeniería y logística pueden incorporarse a minería y energía aunque las estadísticas aduaneras sólo registren litio, cobre o GNL. Una tonelada exportada puede contener, por lo tanto, mucho más valor argentino que el que revela su composición física.

 

Esta idea permite evitar una discusión binaria entre “exportar materias primas” e “industrializar todo”. Una etapa adicional de procesamiento puede incorporar valor, pero también resultar poco competitiva si depende de tecnología e insumos importados y opera con costos elevados; a la inversa, una exportación aparentemente primaria puede sostener una red sofisticada de servicios y proveedores locales. Lo decisivo es cuántas capacidades competitivas quedan instaladas.

 

Por eso resulta útil incorporar una noción que podría denominarse “densidad exportadora”, no como un nuevo indicador estadístico, sino como una pregunta: además de saber cuántos dólares exporta un proyecto, ¿sabemos cuántas empresas, horas de ingeniería, soluciones tecnológicas, proveedores y capacidades argentinas están contenidas directa o indirectamente en esos dólares? Dos proyectos pueden exportar el mismo monto y, sin embargo, dejar detrás estructuras productivas muy diferentes.

 

Nada garantiza que el Corredor Andes-Atlántico resuelva por sí solo este desafío. Es posible que aumenten la producción, la infraestructura y las exportaciones sin que crezcan en igual proporción la tecnología o los proveedores nacionales. Desarrollar proveedores locales tampoco significa proteger empresas ineficientes, sino utilizar la escala de los nuevos proyectos para elevar productividad, certificaciones y capacidades hasta convertirlas en competidores internacionales.

 

El verdadero salto aparecería cuando el corredor deje de ser solamente una vía de salida y se convierta también en un corredor de capacidades: cuando una mina demande software desarrollado en Argentina, cuando un proyecto de GNL forme ingenieros que después vendan servicios en otras cuencas o cuando un proveedor de Vaca Muerta consiga contratos en terceros países.

 

Por eso, el éxito del Corredor Andes–Atlántico no debería medirse únicamente por toneladas transportadas o crecimiento de las exportaciones. También habrá que observar cuánto valor agregado doméstico contienen esas ventas, cuántas empresas argentinas lograron ingresar en las cadenas y cuántas consiguieron luego internacionalizarse.

 

En última instancia, la prueba más exigente no será cuánto consiga exportar el corredor, sino si las capacidades creadas a su alrededor pueden seguir compitiendo cuando se las separe del yacimiento que les dio origen. Sólo entonces Argentina habrá convertido una ventaja geológica en una ventaja productiva.

 

 

 

 

Fuente: www.NetNews.com.ar

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