Viernes, 06 de Noviembre de 2026 | 18:10

Gestionar los riesgos climáticos: nueva variable de competitividad

Javier J. Vazquez Por Javier J. Vazquez
Consultor de Desarrollo Sostenible en OLIMPIA. Especialista en Riesgos Ambientales, Sociales y Climáticos

Puertos que suspenden operaciones por crecidas extraordinarias. Rutas nacionales interrumpidas durante días por inundaciones. Sequías que reducen la producción agropecuaria y comprometen el abastecimiento de materias primas. Tormentas que dañan parques industriales, depósitos logísticos y líneas eléctricas. Bajantes históricas que dificultan la navegación y encarecen las exportaciones.

Hace apenas unos años estos episodios eran considerados excepcionales.

Hoy comienzan a repetirse con una frecuencia que obliga a empresas, gobiernos e inversores a incorporarlos dentro de sus procesos de planificación.

La pregunta ya no es si estos eventos pueden ocurrir. La pregunta es cuánto pueden costarle a una empresa y qué decisiones conviene tomar para reducir esa exposición.

Durante décadas las organizaciones aprendieron a gestionar riesgos financieros, regulatorios, cambiarios o comerciales. Un aumento de las tasas de interés, una devaluación o una interrupción en las cadenas globales de suministro formaban parte de los escenarios que cualquier director contemplaba antes de invertir.

Hoy esa lista incorpora una nueva dimensión: Los riesgos climáticos.

No como una preocupación exclusivamente ambiental, sino como una variable que comienza a afectar la producción, la logística, la infraestructura, las exportaciones y la rentabilidad de prácticamente todos los sectores económicos.

El cambio climático ya no modifica únicamente el ambiente. Está modificando las condiciones dentro de las cuales funciona la economía.

 

Las evidencias empiezan a acumularse.

 

Hace pocas semanas, Bloomberg publicó Hedge Funds Are Hiring Experts in Catastrophe Risk. Allí se describía cómo algunos de los principales fondos de inversión del mundo comenzaron a incorporar especialistas en riesgo climático para evaluar el impacto potencial de inundaciones, incendios, sequías u olas de calor sobre activos, infraestructura y cadenas de suministro.

Los grandes inversores ya no analizan solamente balances, tasas de interés o indicadores macroeconómicos. También intentan comprender cómo un evento extremo puede alterar el valor de una empresa, afectar la continuidad operativa de un proyecto o comprometer el funcionamiento de una cadena logística.

 

Algo similar ocurre con la infraestructura.

 

Reuters advertía recientemente que Europa deberá destinar cientos de miles de millones de dólares para adaptar carreteras, puentes, vías férreas, puertos y redes eléctricas a un régimen climático diferente. La transición energética continúa siendo indispensable, pero ya no resulta suficiente. También será necesario proteger la infraestructura económica frente a fenómenos cada vez más intensos y frecuentes.

Por otro lado The Wall Street Journal describe cómo las olas de calor comienzan a reducir la productividad laboral, aumentar el consumo energético, afectar la logística e incrementar los costos para empresas y gobiernos.

Las pérdidas ya no provienen únicamente de un desastre extraordinario.

También aparecen como consecuencia de una sucesión de eventos que, aunque menos espectaculares, erosionan la productividad y aumentan los costos de operación.

 

En Argentina esta lógica también comienza a observarse.

 

Ante la alta probabilidad de un evento de El Niño con mayor intensidad, la provincia de Santa Fe puso en marcha una estrategia preventiva que combina obras hidráulicas, monitoreo hidrometeorológico, coordinación institucional y acciones para proteger la producción agropecuaria, la infraestructura vial y las cadenas logísticas.

El objetivo no consiste únicamente en responder a una emergencia. Consiste en reducir pérdidas antes de que ocurran.

Ese cambio de enfoque probablemente sea una de las mayores transformaciones que trae consigo el cambio climático. Ya no alcanza con reaccionar, es necesario anticiparse.

El informe Disconnected Defenses: Extreme Weather Risk Across Corporates, Cities and Financial Systems, elaborado por la la organización CDP mediante cuestionarios a 22.000 empresas y alrededor de 1.000 ciudades, estados y regiones reportan información y permite poner cifras concretas a esta transformación.

Las empresas que participaron del estudio identificaron riesgos climáticos capaces de generar más de un billón de dólares (US$ 1 trillion) en pérdidas potenciales para sus negocios. Al mismo tiempo, el informe concluye que las inversiones necesarias para adaptarse suelen representar una fracción de esos costos. En otras palabras, prevenir resulta significativamente más económico que asumir las pérdidas derivadas de la inacción.

Sin embargo, el estudio también deja en evidencia una brecha preocupante. Muchas organizaciones reconocen que todavía no cuentan con información suficiente para identificar con precisión cuáles son sus activos más expuestos, qué cadenas logísticas presentan mayor vulnerabilidad o qué inversiones deberían priorizar para reducir esos riesgos. El problema ya no es únicamente el cambio climático; es la falta de herramientas para incorporarlo dentro de la planificación estratégica.

Ese, quizás, sea el desafío más importante.No alcanza con saber que el clima está cambiando. La verdadera ventaja competitiva estará en la capacidad para transformar información climática en mejores decisiones.

¿Qué instalaciones presentan mayor vulnerabilidad?

 

¿Qué rutas logísticas podrían interrumpirse?

 

¿Qué activos conviene proteger primero?

 

¿Cuánto cuesta adaptar una planta industrial frente al costo de reconstruirla después de una inundación?

 

¿Cuánto cuesta fortalecer una cadena de suministro frente al costo de detener la producción durante semanas?

 

Estas preguntas, que hasta hace pocos años parecían excepcionales, comienzan a formar parte de la gestión cotidiana de empresas, bancos, aseguradoras y gobiernos.

Este escenario también está dando origen a un nuevo campo de conocimiento. Ya no alcanza con elaborar pronósticos meteorológicos o responder cuando ocurre una emergencia. Se necesitan herramientas capaces de integrar información climática, análisis territorial, evaluación económica y planificación estratégica para convertir incertidumbre en decisiones concretas. Esa es la lógica que comienza a consolidarse bajo el concepto de Inteligencia Climática: la capacidad de transformar información sobre el clima en decisiones que reduzcan riesgos, protejan inversiones y fortalezcan la competitividad.

Consultoras que combinan especialistas en clima, finanzas, imágenes satelitales, economía e ingeniería para generar información prospectiva, para la toma de decisiones según escenarios futuros, comienzan a ser fundamentales para pensar operaciones de exportación o expansión de inversiones.

Durante décadas las empresas aprendieron a tomar decisiones utilizando información financiera, comercial y regulatoria. Analizar balances, proyectar la demanda o anticipar cambios normativos era parte natural de cualquier estrategia de negocios.

Pero en este escenario cambiante aparecen nuevas incógnitas: comprender cómo una sequía puede afectar el abastecimiento de materias primas, cómo una inundación puede interrumpir una cadena logística o cómo una ola de calor puede reducir la productividad dejará de ser una preocupación exclusiva de meteorólogos o especialistas ambientales. Será parte de la planificación de empresas, bancos, aseguradoras, gobiernos y fondos de inversión.

La competitividad ya no dependerá solamente de producir mejor o reducir costos. Dependerá también de la capacidad para anticipar riesgos, proteger activos y transformar información climática en decisiones económicas. Porque el cambio climático no solo está modificando el ambiente. Está redefiniendo las reglas con las que la economía decide dónde invertir, qué producir y cómo prepararse para el futuro.

 

 

 

Fuente: www.NetNews.com.ar

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